Sunday, December 11, 2016

La Música Secreta del Grupo A-285

            En mi corta carrera sociológica me ha tocado conocer a tanto loco, que ya no sé ni para que cuento. El caso de Carlos Martínez es distinto y creo, digno de ser relatado. Al menos como desesperado acto de venganza o como necesaria advertencia a los incautos. Creo que en algún momento me unió a Carlos algo parecido a la amistad, pero no podría decirlo con certeza porque todo lo que rodeaba a Carlos era siempre tan complicado y absurdo que uno nunca sabía dónde estaba parado con él.
Hace dos días que Carlos desapareció. Cristóbal (sobre todo Cristóbal), lo anda buscando desesperadamente. Carlos no está en su estudio de la Avenida Urdaneta y no ha aparecido por el Club Vathek, el único sitio público caraqueño por donde se le veía la cara de vez en cuando. Tengo el doloroso deber de relatar que esta no es la primera vez que Carlitos desaparece. Espero que sea la última.
            Mis tropiezos con Carlos arrancan a mediados de los 90. Yo acababa de obtener el poco codiciado grado de sociólogo de Universidad Católica y él ya llevaba años paseando por Caracas un no más relevante título de antropólogo de la Universidad Central. Lo conocí una madrugada en el Club Vathek, cuando ya estaban a punto de cerrar y sólo permanecían en el antro, entre vapores etílicos, algunos grupos de infatigables conversadores, fauna de la noche caraqueña de aquella década. Me lo presentaron Ángel y Cristóbal, como una gran cosa, con expresiones del tipo “¡Tienes que conocer a este pana!” y “¡Está loco e bola!”, pero con un dejo de que en realidad querían deshacerse de él por un rato. Y la verdad es que Carlitos era un poco cansón en esa época, monotemático, de esos que les cuesta coger señas y siguen hablando y hablando, sin importarles que el interlocutor entienda apenas la mitad del tema que tratan.
Ese tema, por cierto, que apasionaba tanto a Carlos por esa época, era la etnomusicología y todo lo afín. Como tantos etno-cualquier-cosa, el tema era sexy en los 90 y con su labia, Carlos hubiese podido fácilmente usarlo para engatusar a desprevenidas jóvenes intelectuales. El problema era que Carlos era obsesivo y fastidiaba rápido a cualquier mujer que se le acercara. En resumen, Carlos era un pesado.
            La etnomusicología que predicaba Carlos me parecía a mí, como lego, una ciencia complicadísima. Hacía falta ser músico, etnólogo, lingüista y un montón de cosas más. Carlos era un poco de todas esas cosas y además llevaba bastante tiempo estudiando a un grupo indígena en una remota locación del Estado Bolívar. Todos sus trabajos, su tesis de licenciatura y dos o tres artículos, se basaban en su experiencia como etnógrafo conviviendo con ese grupo. Por razones profesionales que nunca comprendí enteramente, Carlos sólo se refería a ese grupo, su objeto de estudio, con el nombre de A-285. Como si conociera a muchos otros grupos y tuviera que clasificarlos en carpetas en las que el grupo al otro lado del rio se llamaría A-284, el del otro lado de la montaña A-286 y así. Esa peculiaridad metodológica le había costado a Carlos el rechazo de varias publicaciones científicas que no publican, así sin más, estudios etnográficos que no estén plenamente identificados por el autor, no sea que tengan que vérselas con versiones neojipis de Castañeda y su Don Juan.
Pero a Carlos lo académico no le interesaba mucho. Lo que realmente le preocupaba por esos días, y el motivo por el que se quejaba constantemente, era la falta de apoyo financiero para costear las largas temporadas, de entre 3 y 4 semanas cada 2 o 3 meses, que pasaba con los A-285 en su remota locación (yo siempre la imaginaba como una romántica comunidad exótico selvática, pero Carlos rara vez daba detalles). El caso es que, como buen antropólogo, Carlos no era muy bueno en eso de escribir proyectos con cosas como objetivos, presupuestos, justificaciones etc., y patinarlos con la jerga seudocientífica y gerencial aceptable para gobiernos, fundaciones, ONGs y otras fuentes de dinero para investigaciones de ese tipo. No ayudaba que Carlos pidiera financiamiento para estudiar a un grupo que, para todos los efectos prácticos y académicos, nadie sabía si realmente existía. Pero los sociólogos sí que somos buenos para justificar casi cualquier cosa, y más de una vez ayudé a Carlos y escribir peticiones y proyectos. La última, fechada en el año 2002, una petición de financiamiento al Gobierno Bolivariano, para la que usé la más cursi retórica indigenista resultó, me temo, exitosa.
            Pero he comenzado mal y me he ido por las ramas. Quizás lo mejor para dar una idea de la obsesión de mi amigo sea describir su fantástico estudio en la Avenida Urdaneta. Lo había montado con una de las primeras becas que recibió, por allá a finales de los 80. Aún Carlos no figuraba en mi radar y por lo tanto no puedo atribuir esa beca a mi ayuda como escribiente. Fue una suma considerable para la época que le otorgó la Nacional Endowment for Democracy para comprar sofisticados equipos de investigación. Qué tenía que ver esa institución, dependiente del Congreso de los Estados Unidos, con el estudio de la música de un grupo indígena del Estado Bolívar, es algo que desafiaría a la más afiebrada imaginación de más de un teórico de la conspiración del gobierno venezolano. Algún día me pondré a averiguar el motivo de ese extraño financiamiento, a lo mejor y con eso logro congraciarme con el gobierno y me gano una bequita para estudiar en el imperio, que es lo que siempre he querido. En todo caso Carlos usó el dinero en toda regla y para el propósito que había sido otorgado: el equipamiento de un estudio de investigación etnomusicológica. Cuando conocí ese estudio, ya llevaba varios años en operación, y muy probablemente los financistas originales lo habían olvidado, o quizás tenían otras preocupaciones más apremiantes entre manos, cortesía de la Revolución Bolivariana.
Quedé fascinado esa primera vez que Carlos me abrió la puerta en el cuarto piso de un edificio de la Avenida Urdaneta. En el amplio cuarto con baño y cocina, y entre libros y revistas apilados por todos lados, había algunos equipos que, en mi ignorancia, quizás podría calificar como sofisticados: Una computadora Mac, que me pareció grandísima y que para esos años era el modelo más moderno y potente, conectada a un teclado de piano y a un mezclador, de esos que se ven en la televisión cuando algún cantante está grabando un álbum, y de allí a una serie de cornetas de distintos tamaños distribuidas, aparentemente al azar, por todo el estudio. Pero además, una de las paredes, a la derecha de la puerta de entrada, estaba ocupada por una enorme estantería de metal, de esas de galpón industrial, en la que había cientos de objetos que quizás habría que agrupar en una categoría totalmente distinta de sofisticación a los anteriores. La mayoría eran extraños instrumentos musicales, presumo provenientes del Grupo A-285 o de otras exóticas tribus del mundo. Había en los estantes y colgados de las otras paredes una dotación completa para la más ecléctica de las orquestas: Tambores, timbales, flautas, maracas, cuatros, bandolas, guitarras, un banyo (¡!), dos hula-hula (¡¡!!) y otros instrumentos de cuerda o metal diversos. Entre estos había también una Viola da Gamba barroca con la que se entretenía Carlos en sus ratos libres, cuando lograba abstraerse de su obsesión (¿Ya mencioné que era un músico amateur bastante competente, y hasta con destellos de virtuosismo?). Además, uno de los estantes metálicos estaba cargado con una colección de cientos de discos compactos y con igual número de discos de vinilo y cintas magnetofónicas, junto a dos platos para discos y no recuerdo cuantos amplificadores y ecualizadores. Todos de distintas épocas, desde los más modernos hasta una Victrola que parecía funcionar todavía, pasando por un plato Philipps de los 70 con sus cornetas originales de madera (lo recuerdo porque conocí uno igual que tenía mi querido tío Roberto).
La cantidad de cables que conectaban estos equipos entre sí y con las cornetas formaban gruesas serpientes amarradas con teipe aislante que recorrían piso y paredes. Completaban el fantástico mobiliario del estudio un viejo sofá grande de cuero marrón de dos puestos, una mesa baja con varios vasos y una botella de ron, dos sillas de madera pintadas con coloridos motivos kitsch-mejicano y una nevera junto a la pequeña cocina empotrada. El único decorado en todo el estudio era un improbable afiche de una rubia, emblema publicitario de la Cervecería Regional, pegado con tachuelas en la puerta del baño.
Todo el estudio estaba aislado del tremendo ruido exterior que provenía de la Avenida Urdaneta. Las ventanas tenían doble vidrio y persianas especiales que, cerradas, apagaban toda luz, pero abiertas a medias dejaban pasar un color naranja que hacía que la colección de instrumentos pareciera una misteriosa tienda de antigüedades. El conjunto era desordenado, pero agradable.
Los meses del año que Carlos vivía en Caracas, y no haciendo trabajo etnográfico con su grupo A-285, dormía en un hotel de mala muerte en la misma Avenida Urdaneta, aunque prácticamente pasaba las veinticuatro horas del día en el estudio y sus pocas salidas públicas, ya lo mencioné, las hacía al Club Vathek. Sólo una vez tuve contacto con alguien de su familia; un día pasó su madre a dejarle unas hayacas en una bolsa que Carlos agradeció y metió en la nevera. Parecía tener una relación buena y cordial con su madre. No supe más de ella hasta ayer que llamé a su casa para preguntar por Carlos. En todo caso, estoy seguro de que su familia no tenía idea de qué era exactamente lo que hacía Carlos “para vivir”.
En el estudio Carlos también se reunía con sus pocos amigos: Ángel, Cristóbal y yo éramos visitantes frecuentes. Pero casi nunca (la excepción la relataré luego), los tres juntos. Carlos sólo aceptaba dos visitas a un mismo tiempo. Sentía verdadero pánico si la gente se ponía, como decía, a “toquetear” sus cosas. Esa era una de sus manías más desesperantes. Desconfiaba de grupos grandes y descontrolados en su estudio. Así que eran posibles sólo dos personas a la vez, además de él, para las famosas “conversas”. Esas conversas con Carlos, y a veces con Ángel o Cristóbal eran unas cosas larguísimas. En realidad, no debería llamarlas conversas, eran más bien monólogos de Carlos. Imagine el lector quizás a Ángel y a mí, sentados en las dos sillas mejicanas frente a la mesita, cada uno con un vaso corto de ron en la mano (estaba prohibido soltar el vaso de ron. Si uno soltaba el vaso Carlos se ponía nerviosísimo porque uno podía verse tentado a “toquetear” sus cosas). Carlos sentado en el sofá, a veces con las piernas cruzadas sobre la mesa, a veces medio acostado, hablando y hablando sobre escalas, tonos, semitonos, acordes y estados mentales. Sólo se interrumpía para sorber su ron. Rara vez uno podía intercalar alguna pregunta. Rara vez la respondía.
A veces teníamos la enorme fortuna de que Carlos se cansara de su perorata. Entonces, sin previo aviso, se levantaba y agarraba la viola y, ahí mismo, nos regalaba un concierto de hora y media sin pausa, que ni Jordi Savall. Era una cosa increíble. Creo que nunca en mi vida he llegado a sentir tanta calma como en esos raros intermedios musicales, tomando ron, viendo la ciudad por entre las persianas entrecerradas, sin pensar en nada. Perdonen, me pongo cursi siempre que recuerdo esos momentos. Aquellos ratos solo eran comparables a los que pasaba con Isabel, mi novia y amor de mi vida, de quién diré más luego.
Pero fue precisamente uno de esos días, luego de uno de esos deliciosos intermedios musicales, cuando me vine a dar cuenta de que Carlos estaba, en verdad verdad, loco de metra. Ese día nos tocaba ser público a Cristóbal y a mí. Carlos concluyó unos inspiradísimos arpegios y se quedó un rato en silencio, con la mirada perdida.
-¿Qué sintieron? -nos preguntó de pronto.
-Me sentí… del carajo -respondió Cristóbal y agregó, con los ojos entrecerrados, -me sentí como si flotara.
-¿Nada más? -Carlos hizo esta pregunta con cierto tono de desespero.
Cristóbal y yo cruzamos miradas, extrañados.
-Quiero decir… ¿No sintieron nada? –y el sintieron lo enfatizó Carlos con un movimiento de las manos como de alitas.
-No sé Carlitos, a lo mejor si nos tomamos otro trago nos sentimos mucho mejor…
Y los dos nos reímos mientras efectivamente nos servíamos otro trago. Pero desafortunadamente Carlos parece que no vio la gracia (era malísimo para los chistes), y puso una cara que casi me agria el ron. Luego dijo que se sentía muy cansado y nos invitó, muy educadamente, a salir del estudio:
-¡Se me van par de dos pal coño¡ ¡Muevan esas nalgas¡ ¡Pa fuera! ¡Y no toqueteen nada¡
En la puerta del edificio recuerdo que Cristóbal me comentó que nunca había visto a Carlos así (lo conocía desde bastante antes que yo).
-Está loco -me dijo, -es genial, pero está loco, y además es muy cansón y pesado.
No podía sino estar de acuerdo con Cristóbal. Sin embargo, los amigos nos sentíamos fatalmente atraídos por esa locura genial, quizás porque no éramos ni locos, ni geniales. Seguíamos sacando a veces a Carlos, casi obligado, al Club Vathek y metiéndonos cada vez que podíamos y de dos en dos, en el estudio. Él tampoco ponía tanta resistencia a las salidas o a nuestra presencia en el estudio. Creo que necesitaba desahogarse. De hecho cada día parecía que lo necesitaba más.
Algo más de una semana después de que nos echara a Cristóbal y a mí, logré apartarme un momento de Isabel y de mis deberes (comenzaba entonces mi irregular carrera académica como Instructor en la Universidad Central) y volví a pegarle a Carlos una visita al estudio. La puerta estaba sin tranca y encontré a Ángel, disciplinadamente sentado y con su vaso de ron, escuchando. Carlos apenas si se interrumpió y me invitó a sentarme con una seña, esperó impaciente a que Ángel me sirviera el vigilante vaso de ron, y prosiguió su monólogo.
Ese día las escalas y las trasposiciones parecían haber dado paso a un tema algo más banal y francamente setentero: la inducción de estados alterados de conciencia, drogas, orgías rituales y cosas por el estilo. El tema no era de mi interés (aunque la verdad tampoco lo eran las escalas musicales) y Carlos, aunque sabía mucho, tampoco era un experto. Más bien parecía repetir los clichés de cualquier curso de introducción a la historia de las religiones. Pero Ángel estaba como embelesado. Era evidente que me había perdido la parte importante de un monólogo que seguramente se había iniciado con la música, pero que había degenerado en algo parecido al espiritismo. Afortunadamente al poco tiempo Carlos tomó un descanso y abrazó la viola, el momento que yo en realidad estaba esperando desde mi llegada. Pero por primera vez, antes de empezar a tocar, nos pidió algo:
-¡Relájense y concéntrense! ¡Pero no suelten los vasos de ron!
Antes de poder responder que siempre me había sido imposible concentrarme en estado de relajamiento, y que por principio no soltaba el ron, Carlos empezó a tocar.
Ese día estaba, la verdad, inspiradísimo. Tocaba algo muy lento y hermoso. Pasados unos minutos me di cuenta de que complejizaba sobre un tema muy simple que yo jamás había escuchado. ¿Sería algo compuesto por él mismo? Me sentí transportado por la música. Me sentí volando sobre Caracas y sentí muchos otros lugares comunes que siente la gente que escucha música maravillosa y que no repetiré aquí. Cuando terminó, nos quedamos un rato en silencio. Carlos apartó la viola y la recostó del sofá, nos miró por unos segundos y preguntó:
-¿Qué sintieron?
Temí una repetición del lamentable episodio de la semana anterior con Cristobal y callé, pero desafortunadamente Ángel ya intentaba una respuesta original:
-Me sentí del carajo… como si volara.
De inmediato tuve una de esas cosas que tienen los franceses que no recuerdo como se llaman y supe que si quería evitar que Carlos nos echara tenía que actuar muy rápido. Pensé que Carlos, como buen obsesivo, necesitaba de elogios exagerados y actué en consecuencia.
-Nunca, nunca Carlitos, te lo juro mi pana, te lo juro por mi alma, en toda mi vida, había escuchado algo tan hermoso.
No era exactamente la verdad, aunque era algo bastante cercano a la verdad. Pero igual me había equivocado. La reacción de Carlos fue peor que la anterior.
-¡Se van los dos! ¡Y no vuelven!
Creí en un cambio radical de estrategia, quizás un cambio total de tema, de vuelta a uno de los favoritos de Carlos.
-Carlitos, cálmate mi hermano. ¿Por qué no nos pones un poco de música del grupo ese A no sé qué cuanto del que siempre estás hablando? Seguro que tienes horas de horas grabadas de tus…
No terminé porque creí que a Carlos le estaba dando una vaina. No sé si respiraba. Se puso muy rojo, luego muy pálido, luego otra vez rojo y finalmente pálido azul en los menos de tres segundos que me había tomado hacer mi sugerencia. Una auténtica chiripiorca. No logramos que hablara. Estaba como catatónico. Sólo señalaba insistentemente la puerta. Ángel me tomó del brazo.
-Vámonos de aquí mi hermano.
Cuando cruzábamos la puerta, por fin escuchamos la debilitada voz de Carlos.
-¡No me toqueteen nada! -creo que dijo desde el sofá.   
Luego de aquella segunda expulsión del paraíso, Ángel, Cristóbal y yo (más Ángel y Cristóbal que yo, la verdad), ideamos un plan para apoderarnos de la supuesta grabación del grupo A-285 que evidentemente estaba causando en Carlitos trastornos más allá de los conocidos y comunes en cualquier antropólogo de la Universidad Central. Confieso que la curiosidad nos carcomía e iba más allá del samaritano deseo de ayudar a nuestro amigo. El plan que ideamos era macabro porque apelaba a lo que, creíamos, era la falta principal en la vida de Carlos: la Mujer. En general y con mayúscula.
            Todo lo que he contado hasta aquí, se lo contamos tal cual a mi novia, Isabel, a la novia de Cristóbal, Luisa, y a Yarislady, una chica que Ángel había transitoriamente levantado en el Club Vathek. Solo Isabel confesó tener una prima de nombre Enriqueta que, echándole mucho, podía quizás tener algún interés romántico por nuestro enigmático y difícil amigo. Quedó todo cuadrado para el sábado al mediodía. Almorzaríamos todos en la Casa del Llano de Las Mercedes y luego nos separaríamos acordando encontrarnos esa noche en el Club Vathek. La esperanza (ahora con la distancia parece un poco remota) era que Enriqueta conquistara a Carlos para pasar una tarde romántica de paseo (comiendo helados, yendo al cine y estupideces así), lo cual nos daría tiempo al resto de los conjurados para explorar con calma el estudio de Carlos. Se me olvidaba mencionar que el plan se apoyaba en una copia de la llave del estudio que Ángel había hecho secretamente. Toda una operación de la CIA, pues…
            Sorprendentemente, todo iba de lo mejor en el almuerzo. Entre arepas de carne mechada con queso amarillo y caraotas con pedazos de aguacate, Carlos y la Enriqueta se hacían ojitos. Enriqueta hasta sonrió y le peló a Carlos algún diente, con cilantro entre los frenillos y todo, cuando este explicaba no sé qué cosa sobre la transposición de escalas mayores, menores y demás. Llegó el momento de la separación y de los acuerdos para vernos más tarde. Todos actuábamos nuestra parte de maravilla. Enriqueta aceptaba pasar la tarde con Carlos pero (aquí fallaba el plan), no sin chaperona. Tocó sacrificar a la pobre Isabel. Y (esto debió preocuparme en el momento) Isabel no parecía disgustada ante la posibilidad de pasar la tarde de lámpara con el par de recién enamorados. En todo caso, salimos de la Casa del Llano. El trío conformado por Isabel, Enriqueta y Carlos por su lado, a comer helados, y el resto de la patota al edificio de la Avenida Urdaneta, a develar misterios.
            Llegados al estudio y nos pusimos de inmediato a revisar y a toquetear las cosas. Las dos mujeres, Luisa y Yarislady, no estaban muy interesadas en nuestra búsqueda y rápidamente encontraron la botella ron. También dieron con unos discos viejos de salsa y con el tocadiscos Phillip y pronto teníamos montado un guateque de lo más agradable. Yo lamentándome de que la pobre Isabel se perdiera del baile, pero felicitándome de que Carlos estuviera tan lejos. Si por casualidad supiera del desorden en su sagrado estudio y de lo mucho que estábamos toqueteando todo, lo menos que le daba es un patatús.
            Ángel nos llamó al orden. Estábamos en el estudio por vocación científica y caritativa (así dijo: caritativa) y no parrandera, nos recordó. Achicopalados, nos pusimos a buscar de nuevo. No fue difícil dar con un casete de 60 minutos etiquetado A-285. De hecho, estaba sobre la mesa junto al ron, a la vista de todos. Cristóbal ensayó la pedante hipótesis de que Carlos había aprendido del famoso cuento de Allan Poe para esconder la cinta. Yarislady quiso saber si el tal “Alan Pou” había también grabado con La Fania. Cristóbal respondió que sí, y que además tenía dos discos como solista y uno con Willy Colón.
En todo caso, una sola cinta de un hora no parecía demasiado para una labor de grabación etnomusicológica de años, pero quizás estas grabaciones eran un resumen del trabajo de Carlos. Algo así como “Los Grandes Hits de los A-285 All Stars”. A Yarislady pareció entusiasmarle la idea. Nos sentamos donde pudimos: las dos mujeres en el sofá, Ángel y Cristóbal en las sillas mejicanas y yo en el piso. Pusimos a rodar el casete…
            Nada. Silencio. Veinticinco minutos y nada… Más ron. Cambio de lado de la cinta.
            Por fin, sonidos extraños. No exactamente musicales, no exactamente lo que uno llamaría, indígenas. De hecho eran una serie de martillazos y ruidos mecánicos infernales de esos de música experimental industrial italiana de los 70 (sólo sé de una persona en Caracas que escuchaba esa música: mi tío Roberto, en su tocadiscos Phillips). A los diez minutos aquello se había hecho francamente insoportable y Yarislady daba señas de querer volver a los discos de salsa.
-¿Alguien siente como que vuela?- preguntó Cristóbal irreverente pero caritativo.
-No, -dijo Ángel -pero te están saliendo unas alitas en el culo…
-¡Silencio! -gritó una voz que provenía de la grabación, la voz de Carlos, inconfundible.
-¡Acérquense! –grito de nuevo Carlos desde el casete. Y luego más bajito y como arrullando: -acérquense.
Todos nos acercamos lo más que pudimos, Ángel casi con una oreja pegada a una de las cornetas.
-¡Les dije que no me toquetearan nada! ¡Coños de Madre! -Gritaron las cornetas.
Ángel pegó un brinco que casi tumba el sofá.
Llegamos al Club Vathek media hora después. Y allí estaban los tres, Isabel, Enriqueta y Carlos, en una mesa. Me extrañó, sobre todo, la mirada como perdida de Isabel. La de Enriqueta, también. Ambas estaban como apendejeadas mirando a Carlitos que las tenía, no exagero, hipnotizadas. Nos acercamos y nos sentamos en la misma mesa. Carlos no daba muestra de estar molesto por nuestra irrupción en su estudio. Al contrario, parecía estar enterado y se reía de nuestra expedición científica.
-¿Y ustedes se creía, cuerda de pendejos, que yo iba a dejar mis cosas por ahí regadas para que ustedes llegaran y me jodieran mi trabajo? ¡Pues no! Pero para que vean que les tengo hasta cariño, les dejo mi estudio por unos días. Pueden hacer lo que les dé la gana y escuchar todos mis discos. Yo me voy esta misma noche para la playa, a Margarita.
Todos nos sorprendimos. No sabíamos que a Carlos le gustara la playa. Para nosotros su vida era su estudio y la secreta locación selvática del Grupo A-285. Pero la verdad es que estábamos contentos de que Carlos no montara una de sus rabietas. Parece que una sola tarde con el género femenino lo había curado de todas sus obsesiones neuróticas. ¡Nos dejaba el estudio por unos días para que “toqueteáramos” lo que nos diera la gana! Era como para celebrarlo. Pedimos un servicio de ron y pasamos el resto de la noche bebiendo, conversando tranquilos…
Querido lector, ya habrá adivinado que aquí es donde empieza lo que la gente común da en llamar “La Verdadera Cagada del Pato Macho”. Como a las 5 de la madrugada, dos horas antes de que el Club Vathek cerrara por unas horas para la poca limpieza diaria, Carlos se levantó y dijo con voz ceremoniosa:
-Bueno Señores, me voy que tengo los boletos para Margarita para hoy en la tarde, y todavía tenemos que pasar por mi estudio a buscar mi viola, y las niñas tienen que buscar su ropita, sus tanguitas, etcétera.
Enriqueta e Isabel se levantaron como un relámpago.
-Vamos yo manejo, -dijo Isabel.
-¿Qué? -Se me atragantó el trago.
Sin más, se fueron lo tres, Isabel, Enriqueta y Carlos. No dijeron ni adiós. Isabel, no me lanzó ni un beso de despedida. Luisa y Yarislady se habían levantado a bailar la última pieza de la noche y, afortunadamente, no fueron testigos del embarazoso desenvolvimiento de los acontecimientos. Cristóbal me miraba como entre asustado y misericordioso y Ángel tenía la cabeza agachada sobre su trago con los ojos cerrados, de hecho, dormía.
-Hermano, -me dijo Cristóbal -en mi vida había visto una cosa así. Te dejaron como pajarito en grama.
Y así fue. Isabel y su primita se fueron a pasar cinco días (los conté toditos, cada maldita hora) en Margarita con Carlos y con su música. En mis pesadillas de esa semana imaginaba escenas eróticas horripilantes. En ambientes de decorado barroco (¡En Margarita!), Carlos tocaba los mágicos acordes que había aprendido en su investigación etnográfica y que le otorgaban poderes hipnóticos sobre sus víctimas, mientras Enriqueta e Isabel bailaban desnudas (en algunas de las pesadillas, las más pudorosas y misericordiosas, cubiertas por tenues velos), alrededor de Carlos y su viola. Carlos dejaba de tocar y les preguntaba con voz afectada:
-¿Qué sintieron?
-¡Que volábamos! ¡Que volábamos! -respondían las primas entre risitas histéricas.
Luego, Carlos dejaba su viola a un lado y las dos se abalanzaban sobre él en un insólito revuelque, que ni las peores películas porno suecas de los 70 que colecciona Ángel y que seguro veía mi tío Roberto. Yo despertaba gritando:
-¡No me la toquetees! ¡No me la toquetees!
            Fueron días terribles, esperando el regreso de Isabel. Imaginando qué diría yo en lo que ella abriese la puerta de mi piso (del cual ella tenía llave. Así soy yo cuando me enamoro, confianzudo), y me pidiera disculpas. ¿La perdonaría? Por su puesto. No era su culpa, había sido hipnotizada por ese monstruo etnomusical.
            Cuando al fin regreso Isabel, no me pidió ni perdón.
            -¡No quiero escenitas! –dijo sin mirarme.
            No hice ninguna y la perdoné de todas maneras (Así soy yo cuando me enamoro, imbécil). Para no pensar tanto en el asunto y olvidarlo lo más rápidamente posible, empecé a hacer de nuevo visitas regulares al estudio de Carlos, junto a Cristóbal y Ángel. Carlos, a pesar de haber intentado tan abiertamente joderme la vida, actuaba como si nada. El evento “Margarita” no existía. Carlos había vuelto a ser el mismo de siempre: pesado, paranoico, imprevisible, en fin, loco de bolas.

Ese triste episodio de la primera desaparición de Carlos ocurrió hace bastante tiempo. Ya entiende el lector por qué no me sorprende la desaparición reciente de nuestro amigo. Tampoco me sorprende que Luisa, la novia de Cristóbal, también desapareciese y que el pobre Cristóbal esté como loco buscando a Carlos. Yo estoy tranquilo porque, gracias a Dios, Isabel está desde hace tres días en un viaje de trabajo en Mérida. Eso dice el papel que me dejó pegado en la puerta de la nevera.